Interpretamos la metaficción televisiva con la misma mirada sucia que nos devuelve nuestro reflejo bobo en la pantalla.

Experimentamos con supra-realidades cotidianas en las que la anormalidad rebosa del vaso de aceite como en un anuncio de agua mineral, sana y fluorada.

No es de extrañar.
La iniciación empieza con un desengaño.
Hay que morir de la televisión antes de nada.

La pared de lo “real” ya no se consuela con lo trivial.
La tarea fundamental es sonreír ahora y siempre.
La emergencia del yo auténtico, del yo esencial
ha perdido su sentido.
Quieras o no quieras
llevarán la guerra hasta tu casa.
Por ese motivo el alma ha dejado de sonreír.
Se ha desvanecido en el aire.

¿Qué haces cuando el alma se termina?

Buscar una y buena, nueva,
sin el más mínimo sentido ni propósito.

Confiar en que haya algo en otra cadena
seguir golpeando el mando con la televisión
porque no hay otra programación posible.
La existencia extrema en el presente puro
como única realidad conmensurable,
es así de mierda.

No levantarse del sillón
hasta escapar de la trampa mental,
igual que un buda de ganchillo
recalentado en un día de tele,
intrascendentalmente sin dolor.

Otro montañero muere en otra montaña,
otro idiota muere en otra guerra,
otra agencia vende otra noticia.

Apaga y empieza a despertar.